Reportaje · Investigación

De la industria a la mesa: Mitos y verdades sobre la ruta de la soya en Bolivia

En los mercados de La Paz, el precio del aceite se vuelve conversación diaria, sospecha y miedo. Mientras una parte de la ciudad culpa a la industria y otra desconfía de la soya transgénica, esta investigación sigue el recorrido del grano, contrasta los mitos que circulan en redes y escucha a quienes viven el problema desde la cocina, el mercado y la calle.

De la industria a la mesa: Mitos y verdades sobre la ruta de la soya en Bolivia
De la industria a la mesa: Mitos y verdades sobre la ruta de la soya en Bolivia

Cojeando de un pie por una lesión que no sana por sus años de trabajo, como quien arrastra una roca, la señora Carmen (nombre ficticio) da pasos lentos y dificultosos para llegar al mercado de su zona, unas de las villas del lado Este de la ciudad de La Paz. Sus más de 70 años muestran un rostro cansado pero firme mientras busca unos cuantos víveres para cocinar y aguantar la crisis económica que azota a Bolivia.

"Siempre me dicen que subió, que está caro. Cansa y hace renegar", exclama con resignación ¿Cuáles son las explicaciones que le dan los vendedores del mercado? Que las empresas ponen los precios que quieren o que los mayoristas ocultan y especulan cuando ven que falta gasolina, sube el dólar o hay algún acontecimiento que cambie la relativa normalidad que se vive.

Uno de los productos más tachados y tildados en esta crisis llega a ser el aceite, artículo de primera necesidad para las familias que es producido a base de soya y girasol. La industria que lo desarrolla se llama "el sector de las oleaginosas".

De acuerdo a datos de 2021 de revistas económicas, una tesis de grado de la Universidad Mayor de San Andrés y la Cámara Nacional de Industrias Oleaginosas de Bolivia, las oleaginosas representan alrededor del 6% del Producto Interno Bruto (PIB). Además, alrededor del 11% de las exportaciones en 2024 fueron de este rubro, según información del Instituto Boliviano de Comercio Exterior.

A la señora Carmen no le preocupa la Bolsa de Chicago, que define el precio internacional de la soya y otros alimentos, ni cuál es la diferencia entre un productor agrícola y una industria oleaginosa. Lo que realmente le preocupa es algo mucho más simple: si el dinero alcanzará para comprar el aceite de la semana.

Cada vez que el precio sube, como en la última coyuntura que vivió Bolivia, vuelve la misma conversación en su casa. ¿Será culpa de los empresarios? ¿Lo están escondiendo? ¿Será verdad que todo se exporta? ¿Y qué tan cierto es eso de que la soya transgénica hace daño? Las respuestas nunca llegan con claridad.

En cambio, llegan rumores, videos de TikTok, publicaciones de Facebook y cadenas de WhatsApp que terminan instalando más dudas que certezas. En su hogar, como en el de miles de familias paceñas, la desinformación no entra como una noticia: entra como una preocupación cotidiana.

A pocas cuadras, en el mercado Rodríguez, el más concurrido de La Paz, la incertidumbre tiene otras voces. Los vendedores hablan de agio y especulación, los compradores señalan a las empresas porque "ellos nunca pierden". Por casi unanimidad tildan de culpable a los comercializadores mayoristas y desconocen si en el país hay soya transgénica. Algunos como la señora Carmen temen que sea peligroso para la salud "porque no es natural".

Otras en cambio como el coordinador de proyectos de la Fundación Palliri, Cristobal Gil Talavera, no ve mal que se utilice transgénicos. "No es una problemática la soya transgénica. Hay mucho mito de la semilla transgénica. Vengo del mundo europeo y esto es una normalidad, entonces, está claro que lo transgénico implica riesgos para la contaminación de otras semillas, preservación de semillas, pero hay que ver que Bolivia tiene muchos mitos sobre esto, cuando en otros países se usa esta tecnología de manera habitual", relata.

De acuerdo a publicaciones de la Organización Mundial de la Salud, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria y la Asociación de Biotecnología Vegetal Agrícola de Colombia, no hay evidencia que certifique un riesgo para la salud el uso de la soya transgénica, además de que se hacen evaluaciones científicas para garantizar su seguridad.

Desde su institución, Gil Talavera también ve complicada la situación cuando hay crisis porque deben velar por la alimentación de 30 niños, pero es consciente de que existen temas de desinformación que de cierta forma dificultan más en época de conflictos. Y para él, cada actor de la cadena tiene cierta culpa cuando sube los precios.

Dos vendedores mayoristas de la avenida Buenos Aires mencionan que el producto sube porque a ellos les llega así, relatan que a veces es porque el transporte subió u otros factores de esta índole. Descartan rotundamente que escondan los productos.

Aunque no se encontró registros en los sitios web públicos del Tribunal de Justicia y del Ministerio Público sobre procesos abiertos por los delitos de agio y especulación, en mayo de 2025, el entonces viceministro de Defensa del Consumidor Jorge Silva informó de procesos abiertos en contra de cuatro tiendas de la ciudad de La Paz que vendieron aceite de 5 litros a 150 bolivianos, cuando el valor rondaba los 60.

Aunque no se encontrara otro registro, se sabe que estos controles también deben ser realizados por las instancias municipales regularmente, para prevenir el alza de precios sin justificación.

Un sondeo realizado para esta investigación confirmó que detrás del incremento del precio existe un fenómeno menos visible: la mayoría de los entrevistados desconoce cómo funciona la cadena oleaginosa y construye sus explicaciones a partir de información fragmentada, rumores o publicaciones vistas en redes sociales.


Se realizó un monitoreo desde abril de 2025 en TikTok, Facebook y otras plataformas digitales para identificar qué frases, datos o narrativas circulaban en torno al aceite y su proceso de producción. El resultado: Se encontraron 77 publicaciones que daban datos falsos o engañosos sobre esta cadena de producción.

Redes sociales
Redes sociales

Cabe aclarar que no todas son publicaciones, el 43% eran comentarios que hicieron diferentes usuarios en publicaciones referidas a la industria oleaginosa o a la soya como tal. Las narrativas identificadas que más se repetían en estas publicaciones fueron las siguientes:

  • Los soyeros solo exportan, no producen alimentos para el país
  • La soya transgénica o con glifosato contamina y daña la salud, causando cáncer
  • La industria pone el precio que le da la gana
  • Hay aceite, pero los empresarios lo esconden para especular
  • El sector soyero no paga impuestos
  • El modelo agroindustrial beneficia solo a empresarios

Cada una fue sometida a un proceso de verificación documental, revisión de estudios científicos, datos oficiales y entrevistas para responder una pregunta sencilla, pero pocas veces planteada: ¿qué parte de lo que creemos sobre la soya está respaldada por evidencia y qué parte nace de la desinformación?

Los resultados muestran que varias de estas narrativas son engañosas porque mezclan hechos reales con conclusiones que no están respaldadas por la evidencia.

Por ejemplo, si bien la soya y sus derivados constituyen uno de los principales productos de exportación del país, una parte de la producción abastece el mercado interno mediante aceite refinado y alimentos para las cadenas pecuarias. Del mismo modo, el precio de la soya y sus derivados no depende exclusivamente de la voluntad de una empresa, sino de variables como las cotizaciones internacionales, la oferta y demanda, los costos logísticos y, en determinados periodos, mecanismos de regulación estatal.

La revisión también encontró que no existen evidencias públicas que permitan afirmar que las industrias oleaginosas hayan ocultado deliberadamente aceite para provocar escasez o elevar los precios. Los operativos realizados durante los periodos de desabastecimiento identificaron principalmente casos de ocultamiento y especulación en comerciantes, intermediarios y centros de distribución.

Asimismo, la afirmación de que el sector no paga impuestos no se sostiene frente a la normativa tributaria vigente, que obliga a las agroindustrias a cumplir con el pago de tributos nacionales, mientras que mecanismos como el Certificado de Devolución Impositiva (CEDEIM) corresponden a devoluciones impositivas previstas por ley para las exportaciones y no a una exención tributaria.

Otro de los temas más sensibles fue el de la soya transgénica. Aunque algunas publicaciones en redes sociales vinculan su consumo con el cáncer o presentan el uso de glifosato como una prueba concluyente de ese riesgo, el Consejo Europeo de Información sobre la Alimentación (EUFIC) informó en su sitio web que no existe evidencia sólida de que el consumo de alimentos a base de soya aumente el riesgo de cáncer en humanos, además que no hay un consenso que permita afirmar que los alimentos transgénicos causen cáncer (ingresa a la verificación para conocer más a detalle las evidencias).

La cadena de producción de la soya

Preguntada por la cadena de producción y detalles sobre el proceso de creación del aceite, la señora Carmen dijo desconocer, pero entender que si un producto sube todo lo hace. "No sé, pero si la gasolina por ejemplo sube, todo lo hacen subir porque cuesta más el transportar los productos, a lo que entiendo", menciona.

David Diez Canseco, gerente técnico de la Cámara Nacional de Industrias Oleaginosas de Bolivia (CANIOB), explica que la cadena no comienza con la industria como muchos usuarios creen en redes sociales, sino con un actor que rara vez aparece en la conversación pública: el productor primario.


Es él quien siembra, cuida y cosecha la soya. Recién después entra la agroindustria, cuya función no es producir el grano, sino transformarlo. Del proceso industrial surgen aceite refinado para el mercado nacional, aceite crudo destinado principalmente a la exportación, harina o torta de soya utilizada en la producción pecuaria y cascarilla para la alimentación del ganado.

Infografía
Infografía

Diez Canseco señala que la capacidad que tienen en cuanto a infraestructura instalada es de alrededor de 5,3 millones de toneladas de soya al año, pero actualmente la producción nacional ronda los 3,6 millones, lo que deja parte de esa capacidad sin ser aprovechada.

Ve que sin conocer estos detalles, el consumidor llega a creer en las desinformaciones que van en desmedro de esta industria que busca potenciar el país y que genera alrededor de 120.000 empleos directos e indirectos.


Mientras tanto, doña Carmen sigue comprando una botella de aceite a veces a un precio, en otras a otro, pero con optimismo; confiando que venga días mejores para el país y el problema de la especulación o narrativas falsas vaya desapareciendo o siendo más regulada.

Entender el camino que pasa el grano del campo a una mesa, es el primer paso para ver la complejidad de la producción y que no se debe solo dar clic y compartir sin saber la ruta del grano de soya.

Esta investigación fue realizada con el apoyo del Fondo Concursable de la Fundación para el Periodismo (FPP).

Colaboraciones de Romer Terrazas, Sergio Ballón, Anabel Vaca, Andrea Huanca, Joel Alexis Candia, Leinilda Cahuana, Gael Claros, Camila Almanza y Jhasmina Vasquez.

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